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En realidad 7.337 días de trabajos intensos dedicados a hacer posible que el deseo y la pasión por la música superen las dificultades y limitaciones cotidianas. Luchando por sacar a flote el arte de todos los músicos y creadores que han hecho suya la idea de Nubenegra y procurando que, ni las leyes del mercado, ni las reglas que rigen el ejercicio público, lo asfixien.

Oficio de equilibrista, el de comerciar con emociones. ¿Cómo empaquetar el aire vibrando, un guiño pícaro, una cándida sonrisa o el temblor de una nota que escapa libre? Imágenes y sonidos transformados en bytes.

Han sido grandes y muchos los momentos vividos. Como cuando dos voces juntaban todas sus fuerzas para enseñar al mundo cómo cantaban los bubis, o cómo suena la arena de un inmenso desierto acariciada por la mano diestra de una saharaui. La nostalgia haciendo de las suyas. Unos críos en Triana saltando salvajes hasta el delirio. Los tambores batiendo el polvo. La sala entera en silencio conteniendo la respiración ante un melisma imposible. La complicidad, la verdad, la mentira, la ilusión, la sabiduría.

Confieso que hemos tenido suerte, mucha suerte. Músicos de muy distinta procedencia. Músicos del pueblo, de los pueblos. Algunos, emigrantes, con pocos recursos materiales y hasta sin esos recursos, pero rebosantes de recursos artísticos con los que han deslumbrado a las mismísimas luces de los platós de la televisión o el cine.

Aplaudidos en los escenarios, respetados por los medios de comunicación, han mostrado su arte en auditorios, festivales, teatros y casas de cultura de medio mundo. Han cosechado ovaciones y bravos del corazón del público con el que han vivido el momento mágico en el que el escenario desaparece y todos nos instalamos en una nube cegadora, músicos, cantantes, espectadores, managers, técnicos, promotores, críticos...

Todo gracias a que un día de marzo de 1994 cinco maravillosos viejitos, en una isla del Caribe, aceptaron encantados poner en marcha un tren. El tren de la Vieja Trova Santiaguera. El tren de Nubenegra. Sin ese tren no hubieran sido posibles cerca de un centenar de producciones, más de un millar de canciones grabadas, infinidad de conciertos y todo lo que ésto supone. Descubrir, conocer, saborear y, en definitiva, amar la música de lugares poco transitados. Y con ella a sus intérpretes y creadores.

No quiero dar las gracias a nadie por estos años de trabajo y colaboración. Quiero compartir y celebrar la felicidad de esos 20 años y un día con todos los protagonistas, hayan estado a este o al otro lado del telón. ¿Quién sabe si terminaremos celebrando también la Cadena Perpetua?

CANCIONES

1 El Tren. Vieja Trova Santiaguera. 3:40

2 Fulli Tschei. I Gitanos. 2:58

3 N'na Dau un Beijo (Edited Version). Rasha. 3:34

4 Viva el Polisario. Mafud Aliyen & Nayim Alal. 4:21

5 Arroz Con Palitos (Edited Version). Septeto Santiaguero. 4:33

6 Alalá Das Mariñas. Uxía. 4:55

7 Mutamaniyat. Mariem Hassan. 4:31

8 La Encubridora (Edited Version). Huracán de Fuego. 3:38

9 Malecón Blues. El Curi. 4:31

10 Tue a Jalo. Hijas del Sol. 2:23

11 Soinujolearen Olerkia (Edited Version). Korrontzi. 4:23

12 Samba da Emigraçâo. Bidinte. 4:06

13 Rice Harvest. Seydu. 4:22

14 Abre Tus Ojos. Omara Portuondo. 2:20

15 La Torre de el Salvador (Edited Version). Luis Delgado. 3:18

16 A Lavandeira. María Salgado & Uxía. 3:05

17 Mamango (Edited Version). Daniela Imendji. 3:10

18 Sandália de Oxalá. Zezo Ribeiro. 4:13

19 Juana. La Manigua. 3:42

20 Contry Boy. Malabo Strit Band. 3:29

21 El Magil Remix (Edited Version) [feat. Mariem Hassan]. Hugo Westerdahl. 2:20


In fact, it’s 7.337 days of intense work dedicated on making possible that passionate love and desire for music can overcome the difficulties and everyday limitations. Fighting to bring along the quality of all the musicians and creative artists who adopted the idea of Nubenegra and procuring that, neither market rules nor any regulations of public affairs might strangle them.

It is a business similar to slackline walking, that of trading with emotions. How to put inside a package the vibrating air, a roguish wink, a candid smile or the tremble of a note that breaks free? Images and sounds transformed into bytes.

There have been great and many moments we’ve lived. Like when two voices united all their strength to teach the world how the bubi in Equatorial Guinea sing, or how does the sand of an inmense desert sound when caressed by the skilled hand of a Saharaui. Nostalgia doing what it pleases; some kids in Triana jumping mad until delirium; the drums stirring the dust. The silence of an audience, holding its breath during an impossible melisma. The complicity, the truth, the lie, the illusion, the wisdom.

I confess we have been lucky, very lucky. Musicians from quite different backgrounds. Musicians from the people, some of them, emigrants with very few material resources or even without any goods, but filled with artistic resources who have dazzled the very lights of the of television and movie sets.

Applauded on the stages, respected by the mass media, they have shown their art in auditoriums, festivals, theatres and culture houses around the world. They harvested standing ovations and praises from the heart of the audience they have lived that magical moment in which the stage fades and we all install ourselves in a blinding cloud: musicians, singers, spectators, managers, technicians, promoters, critics…

All of that because, one day in March 1994, five wonderful old people from a Caribean island acepted in delight to start the engine of a train. The train of the Vieja Trova Santiaguera. The train of Nubenegra. Without that train, about a hundred productions, about a thousand recorded songs, and an infinity of concerts wouldn’t have been possible. To discover, to know, to taste and, in the end, to love the music from barely known places. And with that music, their performers and creators.

I don’t want to thank anybody for this years of work and collaboration. I want to share and celebrate the happiness of those 20 years and one day with all their protagonists, either at this or the other side of the stage. Who knows if we’ll be only celebrating a life imprisonment? The never ending music show.

Manuel Domínguez